Detección
La detección es la disciplina de olfato en la que el perro aprende a localizar un olor determinado y a comunicar dónde está. En el Aula Canis Magister de Kan-gurea, en Ayegui (Navarra), la usamos con Neo Bosch para trabajar la iniciativa, la autonomía y la resolución de problemas, no únicamente la capacidad olfativa.
Buscar. Pensar. Decidir.
En detección enseñamos al perro a localizar un olor determinado y comunicarnos que lo ha encontrado. Pero detrás de algo aparentemente tan sencillo puede existir un enorme trabajo cognitivo y emocional.
El perro tiene que explorar el entorno, discriminar olores, mantener la búsqueda, interpretar dónde se encuentra la fuente de olor, modificar estrategias cuando una no funciona y finalmente tomar una decisión.
La diferencia está en cómo construimos ese aprendizaje. Podemos convertir la detección en otro ejercicio dirigido por el humano, o podemos utilizarla para crear un espacio en el que el perro tenga iniciativa, tome decisiones, se equivoque, busque alternativas y encuentre soluciones.
Nos interesa especialmente lo segundo.
No queremos darle todas las respuestas
En nuestra convivencia cotidiana decidimos prácticamente todo por nuestros perros. Cuándo salen. Por dónde pasean. Cuándo comen. Con quién se relacionan. A qué pueden acercarse. Cuándo tienen que parar.
Incluso gran parte de la educación canina tradicional se construye alrededor de una pregunta: ¿cómo conseguimos que el perro responda a nuestras indicaciones?
En detección podemos cambiar la pregunta: ¿qué ocurre cuando dejamos de darle tantas respuestas y permitimos que encuentre las suyas?
Ahí empiezan a aparecer la iniciativa, la autonomía y la percepción de competencia. No buscamos únicamente que encuentre un olor. Buscamos crear experiencias en las que el perro pueda descubrir: «puedo resolverlo».
Qué puede aportar la detección
Bien planteada y adaptada a cada perro, puede favorecer la concentración y discriminación olfativa, pero también la autonomía, iniciativa, flexibilidad, resolución de problemas, perseverancia y confianza en las propias capacidades.
Y existe además algo fundamental: permite al perro utilizar de manera intensa uno de sus principales sistemas para explorar y comprender el mundo. Su nariz.
Y esto no es solamente una intuición
En 2019, las investigadoras Charlotte Duranton y Alexandra Horowitz publicaron un interesante estudio sobre los efectos del nosework en perros.
Dividieron a 20 perros en dos grupos. Durante dos semanas, unos practicaron nosework y otros heelwork, un trabajo dirigido por el humano de caminar junto al guía. Antes y después realizaron una prueba de sesgo cognitivo utilizada para valorar cómo responde un individuo ante una situación ambigua.
Tras las dos semanas, los perros que habían realizado nosework se aproximaron significativamente más rápido al estímulo ambiguo, un resultado interpretado en este tipo de pruebas como un sesgo de juicio más positivo u «optimista». En el grupo que había realizado heelwork no apareció ese cambio significativo.
Las autoras relacionaron el resultado con dos aspectos especialmente interesantes del nosework: la posibilidad de expresar una conducta natural y la posibilidad de actuar con mayor autonomía y realizar elecciones activas.
Es decir, el valor del trabajo olfativo podría estar no solamente en utilizar la nariz. También en tener capacidad de decisión.
¿Y nosotros qué aprendemos?
A callarnos un poco. A esperar. A observar antes de intervenir. A distinguir cuándo nuestro perro está perdido de cuándo simplemente está pensando. A permitirle equivocarse sin precipitarnos a darle la solución.
Y, sobre todo, a descubrir capacidades que muchas veces permanecen ocultas porque nunca le hemos dado la oportunidad de utilizarlas.
Por eso nuestra forma de entender la detección no busca únicamente perros capaces de localizar un olor. Busca perros que aprendan a confiar en sus propias capacidades y personas que aprendan a confiar un poco más en sus perros.
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