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Educación canina y convivencia

La educación canina del Aula Canis Magister de Kan-gurea, en Ayegui (Navarra), parte de la familia multiespecie: cuando aparece un problema de convivencia no preguntamos solo qué le pasa al perro, sino qué está ocurriendo entre nosotros. El objetivo no es un perro más obediente, sino un perro más competente y una familia que sepa entenderlo.

Un perro pasea suelto por uno de los campos de césped natural de Kan-gurea, bajo un nogal y con la sierra al fondo.

No se trata solo de educar al perro. Se trata de aprender a convivir.

Cuando hablamos de educación canina solemos pensar inmediatamente en el perro.

  • ¿Qué tiene que aprender?
  • ¿Qué conducta queremos cambiar?
  • ¿Cómo conseguimos que deje de hacer aquello que nos molesta?
  • ¿Cómo hacemos para que nos haga caso?

Pero un perro no vive aislado. Vive dentro de una familia, comparte espacios, rutinas, emociones, necesidades, expectativas y conflictos con otros individuos.

Por eso, desde la mirada de Neo Bosch y Canis Magister, preferimos hablar de familias multiespecie. Porque cuando aparece un problema de convivencia, nuestra pregunta no es únicamente «¿qué le pasa al perro?». También necesitamos preguntarnos: «¿qué está ocurriendo entre nosotros?».

De corregir conductas a comprender al individuo

Una conducta nunca aparece en el vacío. Detrás de aquello que vemos hay un individuo con una historia de aprendizaje, unas capacidades, unas emociones, unas necesidades y una determinada manera de relacionarse con su entorno.

Un perro que ladra. Un perro que tira de la correa. Un perro que tiene dificultades para quedarse solo. Un perro que reacciona ante otros perros. Un perro que parece incapaz de escucharnos en determinados momentos.

Podemos intentar eliminar esas conductas. O podemos intentar comprender qué las está generando y qué necesita ese perro para poder comportarse de otra manera.

Eso cambia profundamente nuestra forma de intervenir. Porque el objetivo deja de ser simplemente conseguir que una conducta desaparezca. El objetivo pasa a ser desarrollar capacidades.

Un perro más competente, no simplemente más obediente

La obediencia puede ser útil. Necesitamos señales, acuerdos y límites que nos permitan convivir con seguridad dentro de una sociedad humana.

Pero obedecer y saber desenvolverse en el mundo no son exactamente lo mismo. Un perro puede haber aprendido muchas órdenes y seguir teniendo enormes dificultades para gestionar determinadas situaciones.

Por eso nos interesa desarrollar algo más profundo: competencia. La capacidad de observar el entorno, buscar información, tomar decisiones, comunicarse, tolerar pequeñas dificultades, modificar estrategias, pedir ayuda cuando la necesita y recuperar el equilibrio después de una situación complicada.

No queremos decidir siempre por el perro. Queremos ayudarle a desarrollar herramientas para que, progresivamente, pueda tomar mejores decisiones por sí mismo.

Autonomía no significa ausencia de límites

Dar capacidad de elección al perro no significa dejarle hacer cualquier cosa. Convivir implica límites. Los tenemos los humanos y también los perros.

La diferencia está en entender para qué ponemos un límite y cómo ayudamos al perro a comprenderlo. Hay situaciones en las que tendremos que tomar decisiones por él porque vivimos en un entorno diseñado fundamentalmente para humanos y somos responsables de su seguridad y de la de quienes le rodean.

Pero no necesitamos controlar cada minuto de su vida. Podemos preguntarnos: ¿dónde necesita realmente que yo decida y dónde puedo devolverle capacidad de elección?

Elegir dónde olfatear. Detenerse a observar. Buscar una solución. Decidir cómo aproximarse. Alejarse de algo que le incomoda. Proponer una interacción. Decir que no.

Todas esas pequeñas decisiones construyen individuos.

Comunicación en dos direcciones

Pedimos constantemente a nuestros perros que aprendan nuestro lenguaje. Ven. Espera. Siéntate. Suelta. Aquí.

Pero una relación no puede construirse únicamente desde una dirección. Nosotros también tenemos que aprender su lenguaje.

Un perro comunica constantemente. Con su cuerpo, su mirada, sus movimientos, sus distancias, sus aproximaciones y evitaciones, sus cambios de velocidad e incluso con aquello que decide no hacer.

Cuando aprendemos a observarlo dejamos de interpretar muchas conductas como desafío, testarudez o desobediencia y empezamos a preguntarnos qué información nos está proporcionando.

La comunicación deja entonces de consistir únicamente en conseguir que el perro nos escuche. Nosotros empezamos también a escuchar al perro.

Una familia multiespecie

Una familia multiespecie está formada por individuos diferentes que intentan convivir. Cada uno tiene sus necesidades. También las personas.

El objetivo no puede ser que toda la familia gire alrededor del perro, del mismo modo que tampoco debería consistir en que el perro tenga que adaptarse constantemente a todas nuestras expectativas. La convivencia se construye buscando equilibrios posibles entre las necesidades de todos.

A veces tendremos que modificar el entorno. Otras veces tendremos que enseñar habilidades al perro. En otras tendremos que cambiar nuestra propia manera de actuar. Y muchas veces necesitaremos hacer las tres cosas.

Por eso no trabajamos únicamente con perros. Trabajamos con relaciones.

Cuando aparece un problema

No buscamos culpables. Buscamos información.

  • ¿Qué está ocurriendo?
  • ¿Cuándo aparece?
  • ¿Qué intenta conseguir o evitar el perro?
  • ¿Qué emociones pueden estar implicadas?
  • ¿Qué habilidades le faltan?
  • ¿Qué está aprendiendo de nuestras respuestas?
  • ¿Qué papel tiene el entorno?
  • ¿Y qué podemos cambiar nosotros para facilitar que aparezcan otras posibilidades?

A partir de ahí diseñamos un proceso adaptado a ese perro y a esa familia. No aplicamos recetas universales porque no existen dos perros iguales ni dos familias iguales.

Educar es acompañar un proceso

Habrá momentos para enseñar. Momentos para poner límites. Momentos para ayudar. Y momentos en los que nuestra mejor intervención será simplemente crear las condiciones adecuadas y permitir que el perro encuentre su propia solución.

El objetivo no es convertirnos en imprescindibles. Es justamente lo contrario: ayudar al perro a necesitar cada vez menos nuestra intervención para desenvolverse en aquellas situaciones que puede gestionar por sí mismo.

Y quizá ahí aparezca una de las transformaciones más interesantes de la educación canina. Mientras ayudamos al perro a conocerse y desarrollar sus capacidades, nosotros también aprendemos. Aprendemos a observar. A escuchar. A intervenir menos y mejor. A revisar nuestras expectativas. A distinguir entre acompañar y controlar. Y, sobre todo, a conocer al individuo con el que compartimos nuestra vida.

Canis Magister

Canis Magister significa, en esencia, el perro como maestro. No porque el perro tenga todas las respuestas, sino porque, si aprendemos a observarlo, cada perro puede enseñarnos algo sobre comunicación, confianza, límites, autonomía y convivencia.

Por eso nuestra pregunta final no es «¿cómo consigo que mi perro haga lo que yo quiero?», sino «¿qué necesitamos aprender los dos para poder vivir mejor juntos?».

Porque una buena educación no debería construir únicamente perros que sepan vivir con humanos. Debería ayudarnos también a construir humanos que sepan convivir con perros.

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